domingo, 13 de octubre de 2013

GLORIOSO 12 DE OCTUBRE EN MADRID

Nuestro corresponsal en Madrid, Zehmet Ntodo, nos envía un reportaje del desfile de gala celebrado este 12 de Octubre para celebrar la fiesta patria de España. El trabajo de Zhemet nos llega debidamente complementado con instantáneas que corroboran sus observaciones y comentarios.

Madrid, 12 de Octubre de 2013.
Corresponsalía especial de Zhemet Ntodo

El desfile cívico militar de esta fecha, militar por su esencia y cívico por los políticos asistentes (casi tantos como los militares), se caracterizó  por pocos solados y algunos caballos marchando al ritmo de pasodobles, que ocuparon a lo largo de una hora el Paseo de La Castellana, específicamente las cercanías de la plaza de Neptuno, mejor conocida como "hogar colchonero".

Poco antes de las nueve y media de la mañana, mil doscientos cuarenta y tres curiosos y dos perros ya se habían agolpado tras las barreras colocadas en las aceras para tomar nota del previo desfile de indeseables disfrazados de políticos que se acercarían al festejo. A las diez menos cuarto empezaron a merodear por el  lugar los representantes de la clase política, todos trajeados según el protocolo, ellas vistiendo conjuntos de falda y chaqueta y ellos con traje oscuro y corbata, en ambos casos mal habidos con dineros públicos.

Siendo las diez en punto, la cabalgata, mejor dicho la motorgata  porque se trataba de vehículos a motor, hizo su aparición en la distancia. Se trataba de 15 Harley Davidson que custodiaban seis coches negros de alta gama que traían a los miembros de la Casa Real. Inmediatamente los políticos corrieron a la  Tribuna de Segunda reservada para ellos, mientras Don Mariano y el Ministro de la Defensa se plantaban en el sitio donde debía detenerse el coche real. Pero ¡OH sorpresa! el Rey no apareció. En su lugar había mandado a su hijo Felipe aduciendo que le estaban prodigando labores de mantenimiento. “Otra vez” exclamó Mariano sin medir las consecuencias. Un gordo de uniforme y muchas medallas plásticas en el pecho, le dio una patada discretamente ordenándole callar y bajar el cogote.

 Felipe y su mujer emergieron del coche, deslumbrantes bajo el sol matinal madrileño. El Príncipe lucía un traje verde de lana color Espinards a la Creme y una gorra de plato a juego, recamada en oro al estilo Pur-Qoix. Cruzando su hermoso pecho, algo recargado de condecoraciones provenientes del Rastro, una banda azul celeste en seda natural culminaba en un lazo exagerado a nivel de la cintura. Sujetando chaqueta, manteca y lazo, un cinto dorado a juego con la gorra, se cerraba con hebilla del noble metal. Completaban su atuendo un par de zapatos de charol negro con trenzas, los mismos que calzó para el desfile del año pasado.
 
Doña Sofía, evidentemente desmejorada desde la última vez que la vimos, lució un conjunto de chaqueta delicadamente elaborada con pana de pelo corto en rosa tierna. La falda, a media pierna, mostraba arabescos granates sobre fondo marrón charcoal, una combinación exitosa empleada recientemente por Cocó Chanel sobre Ava Garner. Las piernas, evidentemente delgadas, terminaban en zapatos granate y tacones de 15 centímetros que pretendían disimular su estatura.

Los Príncipes se dirigieron a la Tribuna de Primera. Las breves notas del Himno de España llenaron el ambiente mientras los uniformados saludaban militarmente, con mano firme y vista al frente. Vimos a Felipe distraer la mirada varias veces hacia la derecha, aunque no pudimos precisar la razón de sus desvíos. Pensamos que podría tratarse de alguna dama con más carnes que Leticia o quizás sospechaba que pudiesen estar repartiendo algunos sobres al estilo del PP y que alguno a su nombre pudiera perderse entre los invitados.

Tras el Himno, poco celebrado porque nadie lo acompañó con el acostumbrado talara-talara-talara-ra-ra-ra-ra, Felipe bajó al mundano asfalto y dedicó un cuarto de hora a pasear frente a varios militares firmes cual postes de teléfono, saludándoles militarmente. Mi asistente experto indicó que se trataba de una inspección militar, si bien no vi que registraran a ningún soldado para ver qué llevaba en los bolsillos o debajo del sombrero. Seguidamente el Jefe, o sea Felipe, volvió a su tribuna mientras los soldados procedían a colocar una corona vegetal (de hojas solamente) ante el cercano Monumento a los Caídos. Mientras lo hacían, un cura invisible recitaba un exorcismo para ahuyentar los malos espíritus, o sea los espíritus de los enemigos que pudieran haberse colado entre los muertos españoles.

Debo confesar que en ninguna de mis travesías en coche por los lados de Neptuno había visto el Monumento a los Caídos. Más aún, juraría que he dado vueltas por la rotonda y pasado por encima del monumento sin chocarlo. Seguramente se trata de algún monumento milagroso que solamente podemos ver y tocar el 12 de Octubre.  

 Mientras colocaban la ofrenda vegetal ante el Monumento, la Patrulla Aérea que llaman Aguilucho, Aguila, Perdiz o algo parecido, hizo una pasada por el cielo del lugar dejando 7 estelas de humo, una por cada aparato. El humo rojo se veía bien pero el amarillo era más claro de lo esperado, casi blanco sucio. En pocos segundos las estelas se disolvieron en clara alusión al estado político actual del Imperio Español. Estaba todo planificado al detalle.

Dejémonos de disertaciones y entremos en la materia que interesa: el desfile. Empezó con la Guardia de Honor marchando ante las tribunas, muy vistosa y arregladita con uniformes nuevos en dos tonos que contrastaban con la banda azul cielo del Príncipe. Siguió un pelotón de la Guardia Civil, francamente decepcionante. Ninguno llevaba las manos a la misma altura, las filas estaban torcidas y los tricornios rectos o ladeados a gusto del que lo sufría. Quizás este desmadre se debía a que los chicos han heredado el remordimiento por los trabajitos que les tocó desempeñar durante 40 años de Dictadura.

Los marineros de la Marina (redundancia inevitable) aparecieron a continuación luciendo abrigos hasta la rodilla elaborados con lana merina en azul marino y botones dorados. Desfilaron derechitos y marcando el paso con precisión. Se nota que al estar en tierra firme su paso es más seguro ¿Dije que llevaban zapatos negros? Pues sí, eran negros, aunque no de charol.  Les siguió la Infantería de Marina, con paso firme y filas torcidas. Esos chicos no lograrían el primer puesto en ningún concurso de desfiles. A continuación pasaron los paracaidistas luciéndose con pasos enérgicos y precisos. Hicimos el esfuerzo de ubicar entre los paracaidistas a la Alcaldesa de Madrid y la Presidenta de Andalucía, pero no alcanzamos a identificarlas.
 
Seguidamente pasó el Batallón de Escaladores, todos hermosísimos en sus vestidos blancos, vaporosos pero demasiado holgados para mi gusto. Portaban unos palos largos con ganchos que afeaban el conjunto y daban la impresión de estar ante un grupo de asaltantes de bancos o yayo-flautas. No sabemos a qué deben su nombre porque nunca los hemos visto en las competencias de escalamiento. Tras los chicos de blanco pasaron los super hombres de La Legión. Llegaron con su dichosa cabra aunque ésta parecía macho. La cabra fue lo mejor del desfile, marcial y serena cuando pasó ante la Tribuna marcando el paso con la vista al frente. Los legionarios en cambio, demostraron que desfilar no es lo suyo. Andaban al paso redoblado siguiendo hipnotizados a un malabarista que jugaba con un batón, su estrategia para desviar la atención del pelotón porque cada legionario andaba por su lado, todos apurados para llegar a algún sitio que no pudimos precisar.


Les siguió la Legión de Melilla, con trajes de caqui color caqui adornados con fajas y bandas de rojo. Lucían guarda brazos, gorros moriscos, botas del pie izquierdo y capas blancas. O sea, un conjunto estridente que ofendería al más estoico. Me sorprendió agradablemente su paso marcial y lento, seguramente apropiado para desfilar por las dunas del Sahara, donde los zapatos se hunden y cuesta recuperarlos.

La Caballería Real, disfrazada con uniformes napoleónicos, siguió a los encapotados de Melilla.  Su aparición solamente puede ser calificarla de infame, indigna de llamarse “Real”. Llevaban caballos de distintos colores y ninguno guardaba el paso Se diría que ninguno de aquellos animales había entrenado bajo un sargentos que cantase el consabido “uno, dos, uno, dos …” Tres de los caballos descargaron sus barrigas justo cuando pasaban ante el Príncipe, lo que constituye una falta de respeto que podría terminar con sus cuartos traseros en la jaula de los leones. En medio de aquel desorden caballar pudimos ver percherones que desfilaron sin siquiera saludar a las autoridades,. arrastrando carrozas, carros de provisiones y cañones de juguete pintados al estilo de los modelos a escala, pero sin gracia ni carácter marcial.

A la formación Real le siguió la Caballería de la Guardia Civil. Muy vistosos los jinetes con sus tricornios adornados en oro y disfraces napoleónicos. Lo más importante: todos los caballos eran castaños y marchaban en formación cerrada, juntitos y muy bonitos.

Inesperadamente la formación de los siete aviones volvió a rasgar los cielos. Venían desde Zaragoza, asustados por una procesión de gigantes y cabezudos que tomaron por una invasión de extraterrestres. Pasaron soltando leches con dirección A Coruña y en ese momento se acabó el desfile. No hubo tanques ni cañones, no vimos camiones con misiles de largo alcance ni bombas atómicas, las lanchas de goma y portaviones tampoco llegaron, ni siquiera pasaron los helicópteros tirando confeti y caramelos. En suma, un verdadero fiasco que terminó cuando Felipe bajó de la Tribuna llevando a Leticia del brazo y dándole la espalda a los invitados, hizo un ademán como llamando un taxi.

El Príncipe se detuvo sobre el asfalto para hablar brevemente con Mariano y un viejo flaco, casi difuso, que tenía algo que ver con el festejo. Mi experto asegura haber leído los labios del Príncipe cuando dijo: “Les espero en La Zarzuela para echarnos unos tragos”.

Mientras hablaba con los dos vejestorios, apareció la motorgata, o sea las motos y… ya me entienden. Leticia subió al tercer coche, Felipe plantó a sus interlocutores y se acomodó al lado de su flaca. Un monosabio se acercó en actitud servil, cerró la puerta y se largaron los coches.

Mi asistente y yo permanecimos unos segundo más en el sitio para analizar los acontecimientos. Nada especial, nada que hubiese valido el sacrificio de dejar la cama antes de la hora del vermouth. Los mismos soldados y soldadas marchando más o menos al paso, algunos con precisión, otro no tanto. Los mismos uniformes, como si la moda no les afectara, igual profusión de generales andando fuera de la vertical por las condecoraciones y adornitos de latón que se cuelgan en la solapa izquierda, el mismo público aplaudiendo sin entusiasmo, los mismos niños viendo pasar algo que solo sirve para malgastar el dinero de los contribuyentes, los mismos…

Vaya desfile pobre y sin sal. Mejor hubiera sido meternos en cualquier bar por los lados de Hortaleza y Fuencarral para pasar el rato entre cervezas y gambas al ajillo.

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